sábado, 7 de junio de 2014

Ponencia en el Seminario Internacional: Dimensiones filosóficas y políticas del TLC: examen de 20 años de Libre Comercio


El TLC, una guerra contra los pobres y la naturaleza
Seminario Internacional: Dimensiones filosóficas y políticas del TLC: examen de 20 años de Libre Comercio
Después de 20 años de TLC, México es hoy ciertamente mucho más pobre, dependiente y desquiciado. En este período, el país sigue un curso político y económico que muchos anticipamos y denunciamos entre el 91 y el 93, en la lucha que sostuvimos contra la firma de este tratado, cuando advertimos de su contenido neoliberal, la falta de legitimidad del gobierno de Salinas de Gortari y el gran historial delictivo del gobierno de EU y sus transnacionales, en sus tratos con otros países. Era ya evidente que el TLC vendría a consolidar el dominio del neoliberalismo en México, esa ideología política que tiene el propósito de salvar a las modernas sociedades de consumo y crecimiento, afectadas por el agotamiento del petróleo barato. En general, los tratados suscritos con esa potencia imperial no han sido benéficos para país alguno. Por otra parte, los partidos de izquierda, los sindicatos y las organizaciones sociales carecían y carecen de organización capaz de hacer frente a este desafío. En estas circunstancias, no había manera de que el Tratado nos fuera favorable ni había mucho apoyo para impedir su firma. México estaba derrotado desde muchos años antes, cuando se volvió consumista y muy corrupto, cuando aceptó endeudarse con el Banco Mundial y otros grandes bancos, cuando decidió abrir sus fronteras y aplicar medidas neoliberales. El TLC es, desde luego, una estrategia para la instalación del proyecto neoliberal en América Latina y en el mundo: México ha sido por muchos años un país que utiliza el gobierno de EUA, para impulsar proyectos piloto de cambio cultural. Además, es una estrategia geopolítica de EU, para articular su línea roja internacional. Se busca entonces la recolonización del imaginario social de los mexicanos, por una visión del mundo dominada por la religión de la economía y el utilitarismo.  
Los intentos de resistencia al neoliberalismo y al Libre Comercio en la cúpula del sistema político mexicano son eliminados rápidamente: Luis Donaldo Colosio es asesinado y se coloca en la presidencia a Zedillo, un tecnócrata de la universidad de Yale. Además, el gobierno de EU hace maniobras por varios años, con el fin de llegar a imponer en México gobiernos nacidos de un partido de derecha, controlado por grandes empresarios. Los gobiernos  panistas de Vicente Fox y Felipe Calderón garantizan más tarde la aplicación rigurosa de este tratado.  La resistencia al TLC, por parte de los partidos de izquierda, sindicatos y organizaciones nacionales ha sido débil: la mayor oposición a este tratado proviene de los indígenas zapatistas que se rebelan el 1 de enero de 94. Indígenas, campesinos y ciudadanos serán en adelante la resistencia principal al Libre comercio.  Con la firma del TLC, la Constitución mexicana queda supeditada a este Tratado, por lo que sufre frecuentes cambios a lo largo de 20 años: hoy en día tiene muy poco que ver con el espíritu de la constitución del 17. En cambio, el sistema político mexicano se pone rápidamente al servicio de los gobiernos de EU y Canadá y sus transnacionales y se torna pronto muy insensible a las demandas de los ciudadanos. No los veo ni los oigo, declara la presidencia mexicana frente a las protestas populares.
Los nuevos mitos de la economía neoliberal se imponen en la legislación, la administración y la jurisprudencia.  La productividad y la competitividad se convierten en dogmas mayores de la política, junto con el crecimiento económico. Los sueños de progreso y desarrollo recargan sus contenidos y sus discursos. Un enfermizo espíritu reformista aqueja a las cúpulas políticas mexicanas que en adelante nutren sus filas de egresados de universidades de EU, promotores de distopías neoliberales. El doble discurso cambia con la llegada de los financieros al poder.  Los argumentos políticos se tornan particularmente sórdidos: la discusión de los precios y los costos asfixia la discusión de los valores en juego. El economicismo, el cientificismo y el juridicismo saturan el debate político. El Fast Track o aprobación de leyes sin mayor discusión, acto fundacional del TLC, se vuelve un recurso utilizado con frecuencia, especialmente en los asuntos de mayor importancia, como es la reforma energética. ¡Horror! La Suprema Corte de Justicia aprueba en 1998 el anatocismo: el cobro de intereses sobre los intereses; muy pocos países se atrevían entonces a legalizar el interés compuesto. El orden jurídico adopta los valores neoliberales. Para sobrevivir, los ciudadanos se ven obligados a tomar cursos rápidos sobre asuntos financieros y macroeconómicos.  
La política económica cambia radicalmente: la producción nacional es desplazada por productos y servicios importados, la capacidad de compra y el ingreso de los trabajadores es drásticamente reducido, las pequeñas y medianas empresas orientadas al consumo interno son brutalmente destruidas, la maquila emerge como principal fuerza industrial, la banca deja de ser promotora del cambio autónomo y se convierte en enemiga de la economía nacional y el Estado se vuelve sostén de las transnacionales, en su saqueo de los dones de la naturaleza y la explotación abusiva de los campesinos y trabajadores. Por otra parte, los mercados negros resultan altamente beneficiados con el TLC: los traficantes de drogas, armas, personas (niños, mujeres) encuentran grandes oportunidades en la economía creada por el Tratado: el enorme flujo de mercancías en las fronteras y de intercambios financieros internacionales ofrecen grandes facilidades para el desarrollo de las actividades criminales internacionales. Los empresarios mexicanos del crimen se vuelven muy poderosos en el mundo y consiguen dominar gran parte del país, con base en el descontrol del gobierno mexicano, interesado únicamente en facilitar la inversión extranjera. Por otra parte, el TLC no cumple con sus promesas de elevar substancialmente el crecimiento económico del país: consigue un crecimiento promedio del 2.5%, muy similar al obtenido  en los diez años previos a la firma del tratado; sin embargo, es un crecimiento que se consigue a un costo social y ambiental enorme.  
Las desigualdades creadas en los últimos 20 años confirman que, en la economía moderna, la riqueza se consigue a costa de la producción de pobreza: los diez mexicanos o más que llegan a la lista de los más ricos del mundo producen simultáneamente el lanzamiento a la miseria extrema de más de 20 millones de mexicanos y más de 40 millones a la pobreza. Dos extremos de la miseria. Las cifras de estos 20 años son bastante conocidas, pero, hay que repetirlas una y otra vez: cerca de 60 millones de mexicanos en la economía informal; mas de 10 millones de mexicanos abandonan el país en estos años para buscar trabajo digno; mas de 8 millones de jóvenes no estudian ni trabajan; mas de 8 millones de personas padecen hambre; más de dos millones de jóvenes con buena preparación universitaria abandonan el país. El empleo en el campo se reduce radicalmente, el empleo en la industria permanece virtualmente estancado  desde 2000 y es el sector de servicios el que consigue elevar sustancialmente el empleo formal. El empleo se vuelve particularmente caníbal-se crean empleos que eliminan muchos empleos en otros ámbitos-, se globaliza- los empleos mejor pagados los ocupan principalmente extranjeros-, y se walmartiza- se exigen ahora muchas horas de trabajo, muy mal pagadas en los servicios. El outsourcing domina la creación de empleos.  El poder adquisitivo del salario se desploma a la cuarta parte del que tenía en 1976. Aumenta la producción, pero, no aumenta el empleo por las mejoras en la eficiencia.  
Los esfuerzos por aumentar el tamaño de la economía implican a su vez el aumento del tamaño de la violencia sobre la sociedad y la naturaleza. En la medida en que la economía aumenta su autonomía y control sobre la sociedad, aumenta la violencia contra el tejido social y contra los dones de la naturaleza. La verdadera cara de la economía es la violencia. El TLC fue concebido también como una estrategia para apoyar el crecimiento económico de EU y Canadá, principalmente, sin tomar en cuenta el impacto que pudiera tener en el tejido social o la naturaleza de los países afectados, y por ello es una guerra contra los pobres y la naturaleza. Sin embargo, desde la crisis del petróleo de los 70, el crecimiento económico exige en todo el mundo mucha mayor devastación social y ecológica, por lo que el TLC es en el fondo una estrategia política desesperada de EU, ante la creciente dificultad que tiene su propio crecimiento económico. Por la asimetría política y económica de sus participantes, el TLC cuida que la devastación social y ecológica generada por su aplicación se produzca principalmente en México. No obstante, los costos sociales y ambientales del TLC en EUA y Canadá han sido también elevados.
El TLC desata nuevas formas de violencia: los campesinos se ven obligados a migrar en gran número, por el abandono de las políticas de apoyo al campo y sobre todo por la creación de una competencia ruinosa con productos extranjeros subsidiados y el predominio de la especulación de grandes corporativos. La falta de empleo, bajos salarios y la precarización del empleo en las ciudades mexicanas refuerza los flujos migratorios. México pierde a sus mejores jóvenes del campo y la ciudad que se ven obligados a migrar. Por la violencia económica del TLC migran a EUA cerca de 8 millones de mexicanos, sin embargo, por la violencia policial en ese país son deportados más de siete millones. El campo mexicano resulta el principal afectado por dos procesos de gran violencia económica: en una primera etapa de diez años es sometido al dumping del maíz, cuando se vende a un precio 20% debajo de costo de producción de los granjeros estadounidenses y una segunda etapa en la que aumentan fuertemente los precios internacionales de los alimentos básicos y México pasa de  8 a 32% su dependencia del exterior en el caso del maíz; peores cifras se tienen soya, trigo, algodón y arroz. En 1995 el país necesitaba importar 15.7% del abasto y en 2012 ya fue el 37.6%.   A estas violencias económicas se añade el fortalecimiento de los empresarios del crimen en México debido a los efectos del crecimiento del sector financiero internacional, al debilitamiento de los gobiernos municipales y estatales y a la creciente corrupción e ilegitimidad del sistema político mexicano.  
El crecimiento del crimen organizado, a consecuencia de la radical transformación  del Estado mexicano, es tal vez el principal efecto político y simbólico del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica. En los primeros diez años de su vigencia, se gestan en México las condiciones políticas y socio-económicas que conducen a la explosión de violencia que vive nuestro país en los últimos diez años: más de 200,000 personas han sido ejecutadas; más de 30,000 personas  han desaparecido; varios miles de cabezas han sido cortadas y tiradas en el país. Más de 5 millones de personas tienen la vida desgarrada por los levantones, ejecuciones, secuestros, asaltos  y extorsiones a sus familiares  y amigos, y probablemente otros 10 millones de personas tienen la vida desgarrada por la migración de sus  familiares y amigos. La violencia económica y criminal generada por el TLC deprime y polariza enormemente a la sociedad mexicana.  ¿Un efecto buscado por los firmantes del TLC?  ¿La doctrina del shock?           
Al perder soberanía, el Estado mexicano descuida deliberadamente muchos aspectos de la vida de los mexicanos, como la seguridad de las personas, la educación, la salud, el medio ambiente, los dones de la naturaleza, para favorecer su explotación intensiva por empresas transnacionales. El ambiente político, económico y social creado en México por el TLC propicia el disparo del cáncer, la diabetes, las enfermedades cardiovasculares, así como: los feminicidios, la violencia intrafamiliar, escolar, laboral, urbana;  la drogadicción, los suicidios, la depresión, los altos niveles de stress, angustia y accidentes en carretera. Por otro lado, México  gana en estos años los primeros lugares mundiales en el consumo de agua embotellada, obesidad y mala educación. Walmart, invade el país, aliado con grandes políticos mexicanos y hace la guerra al pequeño comercio y a la producción local, con productos nocivos para la salud, elaborados por trabajo esclavo en lejanos países. La calidad de los productos que consumimos se desploma.
La violencia contra la naturaleza se radicaliza en este periodo: la extracción de petróleo y minerales es llevada a los extremos, en unos años en que las reservas mundiales de estas materias primas anuncian su declive y las tendenciales estratégicas de sus precios van rápidamente a la alza. Salinas de Gortari abre el país a una explotación minera devastadora que permite en pocos años sacar mucho más toneladas de oro, plata y otros metales que los que se sacaron en 300 años de la Colonia española, con un costo social y ambiental inmenso. Es el mismo caso en el petróleo: la extracción intensiva se vuelve el principal objetivo de PEMEX. En su sexenio, Vicente Fox exige tecnologías que permitan extraer más rápido el declinante petróleo barato que aún queda en el subsuelo de nuestro país. La exportación y el consumo de petróleo van hacia arriba sin que las medidas para enfrentar el cambio climático tengan efecto alguno en su reducción. El consumo de agroquímicos también aumenta mucho en México en la medida que desaparecen los pequeños productores. La expansión de los agroquímicos prepara el advenimiento de los transgénicos. Los últimos tres gobiernos mexicanos han trabajado intensamente a favor de los intereses de Monsanto, empresa insignia del gobierno de EU.
El libre comercio se caracteriza por el uso excesivo del transporte, por la producción desmedida de gases que afectan el clima. La circulación de transportes pesados se intensifica con el TLC afectando mucho el clima de la Tierra y el medio ambiente nacional. Se construyen muchos kilómetros de carreteras y supercarreteras, para desarrollar el comercio internacional, pero, a costa de una fuerte devastación social y ambiental. Emergen los megaproyectos, grandes enemigos del territorio y de los pueblos: se construyen grandes presas que devastan ríos y cuencas, trasvases o acueductos que destruyen las matrices locales del agua, desarrollos turísticos que aniquilan los manglares, aeropuertos que acaban con la vida campesina. La urbanización queda en manos de la especulación inmobiliaria internacional. La competitividad de la ciudad se contrapone a la conservación del tejido social y el medio ambiente. La ciudad muere por el subsidio al uso del auto, la construcción de grandes torres, distribuidores viales, casas GEO, ARA, Homex, y  la conglomeración urbana. La urbanización se desparrama incesantemente sobre los campos de cultivo y las áreas de vida silvestre. El país entero se abre al turismo y a la inversión extranjera como se abre una lata de sardinas: se le despanzurra y expone a un fácil saqueo de riquezas naturales y culturales; se abre el vientre de sus selvas, bosques, montañas, pueblos, barrios, santuarios ecológicos y culturales, a su  destrucción ambiental, social y cultural.           
Con la firma del TLC, el Estado mexicano sufre una profunda transformación. Por un lado, se convierte en un eficiente aparato  de control social, de desmantelamiento sistemático de derechos sociales y de legalización, defensa y protección del saqueo de los dones de la naturaleza y la explotación extrema de los trabajadores que realizan las empresas transnacionales. Al mismo tiempo, por otro lado, se convierte en un estado inválido que omite realizar sus funciones sociales y ambientales y que gobierna fuera de la ley. Elimina pensiones, abandona la educación pública, reduce los servicios médicos, descuida la información personal de los ciudadanos. Rescata bancos en crisis, da concesiones excesivas a los grandes capitales, ayuda a quitar obstáculos a los monopolios, ignora sentencias contra empresas transnacionales, favorece el lavado de dinero y las malas prácticas comerciales y bancarias. Entrega información estratégica del país a inversionistas extranjeros, permite una gran injerencia de EU y la OCDE en los asuntos internos.  Convive muy bien con el crimen organizado, simula proteger a las personas, al medio ambiente y al clima. Se apoya firmemente en el mal uso del ejército, la policía y la investigación política. Se sostiene con el uso abusivo de la televisión, los spots, las encuestas manipuladas, los analistas políticos venales.  Divide a los movimientos sociales, criminaliza las protestas ciudadanas, hostiga a los luchadores sociales, reprime ferozmente a los jóvenes. Favorece los fraudes electorales, impone gobiernos espurios al servicio de gobiernos extranjeros, legaliza falsas representaciones populares. Aplica la ley a su conveniencia, promete lo que no piensa cumplir, miente descaradamente, actúa oportunistamente en pro de la ganancia inmediata. Asume como propias las decisiones tomadas por EU y Canadá, con respecto al futuro de México. Con el TLC, el Estado mexicano se convierte en un Estado canalla en toda regla.      
En esta  época de libre comercio cambian en México los  valores dominantes: se vuelven muy positivas y principales, la agresividad, la seducción manipuladora, la capacidad de osar dar golpes cada vez más bajos, el cinismo del golpeador,  la indiferencia al sufrimiento de los demás, cercanos y lejanos, la complacencia del consumidor irresponsable. Como nunca antes se exalta el desarrollo, la tecnología, la mercancía, la rapidez, el frenesí; se desprecia a quienes obstaculizan la inversión, el rendimiento, la productividad; se propaga una nueva moral: tener, poseer siempre más, abusar sin límite, tirar, sin retención y después volver a comenzar una y otra vez lo mismo y siempre. Se fomenta el egoísmo, la competencia  desenfrenada, la obsesión por el trabajo, el consumo ilimitado, los valores globales, la centralización, la eficiencia productivista, lo racional, lo material. Se abandona el estudio de la filosofía y de la historia. Los valores filosóficos en los que se funda el nuevo Estado mexicano nacido de la firma del TLC, matan la generosidad, la cooperación, la alegría de vivir, la sociabilidad, las riquezas de las localidades, la autonomía, el gusto por las obras bellas, lo razonable, lo relacional que tienen los mexicanos. La firma del TLC abre una época trágica para México. Es imprescindible intensificar la resistencia social ante el libre comercio, especialmente ahora que se promueve la firma de otro gran tratado de libre comercio: el transpacífico. México necesita recuperar su propio camino, acorde con sus culturas, su clima y su diversidad biológica.    
24 de abril de 2014
Miguel Valencia Mulkay
ECOMUNIDADES Red Ecologista Autónoma de la Cuenca de México

La reducción radical en el consumo de energía: la alternativa energética y ecológica


La reducción radical en el consumo de energía: la alternativa energética y ecológica.
Ponencia para el Segundo Foro de Transformación social y cultural del COALT, celebrado el 31 de mayo de 2014, en el salón Heberto Castillo de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal
En los últimos siglos se afirma en el mundo occidental la idea de que el aumento en el consumo de energía se corresponde con una elevación del bienestar humano, de mejoría social, de mayor felicidad individual. La aparición de la máquina de vapor marca el inicio de esta tendencia. En adelante, aumenta  el consumo de energía  en la medida en que las sociedades se industrializan, se tecnifican, se desarrollan bajo el impulso de la ciencia y la tecnología y los postulados de la economía clásica. Al mismo tiempo que se inicia el aumento en el consumo de energía cambia la visión del mundo en la Europa del siglo XVIII: aparecen en Francia, Inglaterra y Alemania las ideas de progreso y de la felicidad como una consecuencia del avance científico y tecnológico; el utilitarismo se convierte en la filosofía dominante en el mundo anglo sajón y las mercancías industriales en el soporte de una vida feliz. Con el carbón, se producen en Europa las revoluciones conservadoras  que sientan las bases del mundo moderno: la revolución industrial, la revolución higienista, la revolución transportista, la revolución sanitaria que imponen profundos cambios en los modos de vida y crecientes demandas de energía. Inglaterra, que inicia este aumento continuo en el consumo de energía, domina los mares, sojuzga viejas civilizaciones e impone las bases de lo que hoy llamamos la occidentalización del mundo; es decir: la destrucción de las viejas culturas y el imperio de las ideas de la escasez o de la economía y la tecnología en las relaciones entre los seres humanos. Con la era del petróleo, el consumo de energía se dispara a niveles nunca antes vistos en la historia: la población humana se multiplica por siete.
Los automóviles, la aviación, el bombeo de agua,  el transporte de mercancías, la fertilización de suelos, los pesticidas, la calefacción, la refrigeración, el acondicionamiento de aire, la iluminación, la fundición, el secado, y muchas otras actividades elevaron en el siglo XX el consumo de energía a niveles escandalosos en los países desarrollados.  Con el 5% de la población, EU llegó a consumir en el siglo XX  el 40% de la energía producida en el mundo. La era del petróleo produce  actos brutales, atroces, contra los pueblos afectados por la extracción de hidrocarburos: muchos gobiernos fueron derrocados por las maniobras de las empresas petroleras que se volvieron una calamidad mundial. La Revolución Mexicana tiene un fuerte trasfondo petrolero.  Las guerras mundiales del siglo XX reflejan la magnitud de la violencia generada por el consumo de petróleo en las sociedades tecnificadas.  Las guerras por el petróleo se dan en gran escala en la segunda mitad del siglo XX y continúan en el siglo XXI, con la guerra de Irak. El consumo excesivo de petróleo provoca una primera señal geológica en 1970: la decadencia de los pozos petroleros de EU, hecho que a su vez produce una señal económica en los 70s: el petróleo sube de un nivel de dos dólares el barril a 40 dólares el barril. El geólogo King Hubbert lanza en los 50s la hipótesis del Pico del Petróleo: los pozos llegan a un máximo de producción por cierto tiempo y luego desciende su producción. Esta teoría está confirmada por la decadencia de la producción de petróleo convencional en EU y en otras partes del mundo, como México. Se estima que en 2010 entramos en el Pico del petróleo: la producción de petróleo en tierra firme en el mundo inicia su decadencia mientras  comienza la era del petróleo no convencional, un energético de muy elevado riesgo económico, social y ambiental. Estamos frente a una ominosa perspectiva energética que obliga a los gobiernos a medidas desesperadas como lo es la reforma energética de Peña Nieto.
El agotamiento del petróleo barato eleva sustancialmente los precios del petróleo al inicio del siglo XXI y en 2008 llega a 158 dólares el barril, circunstancia que detona la crisis financiera de ese año que a su vez provoca la crisis económica mundial de los últimos cinco años. El petróleo se confirma como la clave del funcionamiento de la economía mundial; los gobiernos combaten la posibilidad de un disparo en los precios del petróleo en los últimos lustros, por medio de guerras y la extracción del gas y petróleo no convencional, también llamado petróleo extremo, como lo es la muy costosa perforación en aguas profundas o la extracción de gas shale por medio del calamitoso fracking o el petróleo extraído de las arenas bituminosas de Canadá. El fin del petróleo barato amenaza desde hace décadas el modo de vida de los países desarrollados: los gobiernos y las empresas niegan esta realidad, para evitar la caída de las perspectivas económicas, el aumento de los precios del petróleo y obstáculos al saqueo  del petróleo barato de los países que todavía tienen alguna reserva de éste hidrocaruburo, como Irak, Irán, Venezuela, México y de las "tierras vírgenes" : el Amazonas, el Ártico, las costas de California, donde estaba prohibido por razones ecológicas. La extracción del petróleo extremo  frena por unos años el disparo de los precios del petróleo a un costo social y ambiental excesivo y con grandes riesgos económicos; la era del los Tres dígitos- más de 100 dólares el barril- está firme en el mundo desde hace algunos años. Cualquier mejoría en la economía mundial elevará significativamente  los precios del petróleo y  echará abajo en poco tiempo esta recuperación: entramos en una era de gas, gasolina y electricidad con precios en aumento continuo; una era de energía cada año más cara. El agotamiento del petróleo barato cambia la perspectiva de la economía mundial: el crecimiento económico será cada vez más difícil; la violencia y las desigualdades aumentan. Los modos de vida cambian en muchos países, por el creciente costo de la energía.
El consumo excesivo de petróleo a lo largo del siglo XX provoca una respuesta climática que ha sido denunciada desde los años 50, cuando se inician las observaciones de la concentración de carbono en la atmosfera. Mucho se ha dicho desde entonces al respecto de este fenómeno calamitoso hasta hoy, cuando se reconoce que la temperatura promedio de la superficie de la Tierra aumentará por lo menos cuatro grados centígrados hacia el final de este siglo. Existen importantes grupos científicos que advierten que la temperatura podría aumentar mucho más debido a factores que retroalimentan esta tendencia y la llevan al disparo en algunas décadas. Desde hace unos 20 años, los informes del Panel Internacional Científico del Cambio Climático de la ONU reiteran una y otra vez que existe el cambio climático, que el cambio climático es generado por la actividad humana (es antropogénico), que se está acelerando, y que puede acelerarse mucho más. Cada año tenemos peores eventos climáticos en el mundo, no obstante, los gobiernos poderosos, con EU a la cabeza, no sólo hacen todo lo posible por no hacer nada que sirva para mitigar esta calamidad, sino que dan un fuerte impulso a la extracción del petróleo extremo (el tipo de petróleo que más puede afectar el clima), el libre comercio, actividad que implica un escandaloso consumo energético (por el transporte de mercancías) y las actividades militares. En las 19 cumbres del clima, organizaciones sociales de todo el mundo han exigido reducir hasta en un 80% las emisiones de los gases que afectan el clima, sin embargo, los intereses de las petroleras y otras grandes transnacionales han conseguido bloquear cualquier intento gubernamental de hacer efectivas estas reducciones: la economía mundial funciona a espaldas del clima y la ecología. Esta situación de punto muerto puede conducirnos a la desaparición de una gran parte de la humanidad o toda ella en este siglo. Quedan pocos años para actuar en defensa de la humanidad y mitigar el desastre climático.
El aumento en el consumo de energía en los últimos dos siglos crea un desquiciamiento económico y político que se refleja en una gran miseria para la gran mayoría de la población humana, la concentración de la riqueza en pocas manos, la escandalosa corrupción de los políticos, la creciente falta de legitimidad de los gobiernos y los representantes sociales. Además, crea un desquiciamiento social y simbólico que se manifiesta en el aumento de la miseria, la desintegración de las comunidades territoriales, las migraciones, la muerte de las culturas milenarias, la violencia intrafamiliar, escolar, laboral, urbana; que se revela en la elevación de los niveles de inseguridad, angustia, stress, infelicidad; en el incremento de enfermedades como la diabetes, la obesidad, los canceres, las crisis cardiacas; en el aumento en los suicidios, el consumo de drogas, los jóvenes que no estudian ni trabajan, en los deportes violentos. Que se expresa en la emergencia de nuevos valores, como la agresividad, el cinismo, la seducción manipuladora, la indiferencia al sufrimiento de otros. Como lo advertía Ivan Illich, después de cierto umbral, el aumento en el consumo de energía destruye la relación entre los seres humanos.  Al parecer, los ciudadanos de EU han rebasado más de diez veces este umbral: se han vuelto la sociedad más violenta y destructiva del mundo.
La alternativa frente al agotamiento del petróleo barato, el petróleo extremo, el desastre climático, el desquiciamiento político, económico, social y simbólico, no está, desde luego, en los focos ahorradores de Calderón, o la mayor eficiencia energética de los autos, o el ahorro de energía de los aparatos, o en la instalación de grandes eólicas o solares, o  el uso de energías renovables, o el uso de la energía nuclear o los biocombustibles. El desarrollo sustentable es un total fracaso.  Ninguna de estas falsas soluciones detiene la degradación de la política y la economía, o el desquiciamiento social y simbólico provocado por el consumo excesivo de energía. La eficiencia energética de los focos, los autos o los aviones es víctima de la Paradoja de Jevons; es decir: la reducción en el consumo energético es anulada inmediatamente por el aumento en el uso de estas tecnologías. Como se ha demostrado, las energías renovables no ayudan a reducir significativamente el consumo de petróleo y las emisiones que afectan el clima. Por otro lado, la energía nuclear resulta ser la más cara, contaminante y peligrosa forma de generar electricidad, además de ser contraria a la participación de la sociedad en las decisiones. Los biocombustibles tampoco reducen significativamente las emisiones de carbono, en cambio, crean hambre en el mundo por el encarecimiento de los alimentos que producen. El abandono del petróleo es un proceso muy doloroso: no hay  con qué sustituir su densidad energética.
En los asuntos energéticos y ecológicos, la alternativa estratégica o de largo plazo  está, en mi opinión, en la REDUCCIÓN RADICAL DEL CONSUMO DE ENERGÍA EN LA INDUSTRIA Y LOS SERVICIOS.  En la industria y los servicios existe un escandaloso despilfarro de energía, protegido por la política económica; sólo hay que observar un poco las formas industriales de generación de energía, la agroindustria, el bombeo de agua,  el transporte, el libre comercio, la salud, la educación, para confirmar el enorme potencial que existe para la reducción radical en el consumo de energía en estas ramas de la economía, ampliamente denunciadas en las cumbres del clima. Entendemos por reducción radical, las reducciones del 20, 30, 50 % en el consumo de energía en los grandes rubros de la economía nacional. Estas reducciones no se logran con desarrollos tecnológicos afectados por la Paradoja de Jevons, se logran con acciones políticas contundentes-reformas, leyes, normas-   que se sustentan en la revalorización de la naturaleza, las culturas, la convivialidad, que impulsan la reconceptualización de la riqueza y la pobreza, de la escasez y la abundancia, que promueven la reestructuración de la producción y las relaciones sociales, que expanden la redistribución de la riqueza y el trabajo. Estas acciones deben propiciar la consecución de un objetivo estratégico: LA RELOCALIZACIÓN DE LA ECONOMÍA Y LA VIDA. Se trata de lograr estos objetivos por cambios en la organización psicosocial del hombre occidentalizado; estos cambios deben expresarse por medio de la descolonización del imaginario social, afectado por la nefasta labor de las escuelas y su envenenado producto: la educación; por la destructiva labor de la manipulación mediática; por el consumo de tecnologías. Todas estas líneas estratégicas requieren acciones políticas extraordinarias.       
La alternativa inmediata o de corto plazo consiste en aplicar una política energética que se expresa en la consigna ¡SALIR DEL PETROLEO!, es decir, en la aplicación de las siguientes medidas:
  • Proscribir las operaciones de extracción de gas y petróleo no convencional-petróleo extremo: shale-fracking; aguas profundas; arenas bituminosas; extracción en el Ártico, el Amazonas y otros santuarios ecológicos. Esto implica anular, desde luego, la reforma energética de Peña Nieto, la que implica un gran impulso a la violencia, los riesgos económicos, el desastre climático, la devastación ecológica, la corrupción, el autoritarismo.
  • Proscribir la energía nuclear, por sus costos infinitos; proscribir la producción de agrocombustibles, llamados también, eufemísticamente, biocombustibles y las grandes eólicas y solares, por sus excesivos impactos sociales y ambientales.
  • Reducir la extracción de gas y petróleo convencional a un 80% en diez años.
  • Establecer una política económica de descrecimiento: objetivos de calidad, no de cantidad: eliminar los índices económicos, como el PIB: renegociación de los acuerdos de libre comercio y de seguridad.
  • Reestructurar la agricultura, el transporte, la urbanización, el comercio, la gestión del agua.  Impulsar la Vía Campesina o producción de alimentos en pequeña escala y la urbicultura. Impulsar la autosuficiencia regional del agua (eliminar los trasvases tipo Cutzamala, Bicentenario) y los alimentos básicos; impulsar la Movilidad Optima, las asambleas de pueblos, ejidos, barrios y colonias, para Relocalizar la economía.  
  • Redistribuir la riqueza y el trabajo, por medio de la desconcentración de actividades económicas y políticas, la descentralización, la autonomía de las regiones ecológicas.  
  • Movilización comunitaria frente a la alianza del poder económico y político.
  • Promoción de la artesanía y la producción local de alimentos y servicios.
  • Proyectos piloto de urbicultura, huertos urbanos, excusados secos, depuración local del agua; agua por gravedad; y otras ecotecnias.  
Miguel Valencia Mulkay, ECOMUNIDADES, Red Ecologista Autónoma de la Cuenca de México

Invitación al Seminario de Descrecimiento - 6, 7 y 8 de diciembre 2017, FCPyS -UNAM

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