miércoles, 27 de marzo de 2013

1 de abril, sesión de trabajo, para estudiar la creación de una red nacional en defensa de la Madre Tierra

1 de abril, sesión de trabajo, para estudiar la creación de una red nacional en defensa de la Madre Tierra

 Con el fin de responder a las preguntas aprobadas por el grupo de trabajo, se presentarán un conjunto de breves ponencias en torno a los motivos y los objetivos que podría tener la creación de una red nacional en defensa de la Madre Tierra, dentro de la sesión de trabajo que tendrá lugar el próximo lunes 1 de abril, a partir de las 6 de la tarde, en el Centro Cultural de la Diversidad, localizado en Colima 261, colonia Roma, esquina Insurgentes, a unos pasos de la estación Durango del Metrobus. Las preguntas aprobadas por el grupo de trabajo son las siguientes:

 

1. ¿Por qué se requiere una red nacional en defensa de la Madre Tierra? (Motivos que podría tener su creación)

2. ¿Qué tipo de red se requiere?

3. ¿Para qué serviría esta red?

4. ¿Quienes deberían participar en esta red?

           5. ¿Qué asuntos y temas son urgentes para este grupo?

           6.- ¿Qué objetivos podría tener esta red?

Con base en estas ponencias se abre la discusión de los acuerdos del grupo de trabajo al terminar su presentación.



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Miguel Valencia
ECOMUNIDADES
Red Ecologista Autónoma de la Cuenca de México
¡Descrecimiento o Extinción!

miércoles, 20 de marzo de 2013

decrecimiento::: Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía



Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía

Posted: 19 Mar 2013 10:17 AM PDT

Enrique Leff

La apuesta por el decrecimiento es una toma de conciencia de los límites del crecimiento y la necesidad de desconstruir la economía, una empresa más compleja que desmantelar un arsenal bélico, derrumbar el Muro de Berlín, demoler una ciudad o refundir una industria.

Los años 60 convulsionaron la idea del progreso. Luego de la bomba poblacional, sonó la alarma ecológica. Se cuestionaron los pilares ideológicos de la civilización occidental: la supremacía y derecho del hombre a explotar la naturaleza y el mito del crecimiento económico ilimitado.

Por primera vez, desde que Occidente abrió la historia a la modernidad guiada por los ideales de la libertad y el iluminismo de la razón, se cuestionó el principio del progreso impulsado por la potencia de la ciencia y la tecnología, que pronto se convirtieron en las más serviles y servibles herramientas de la acumulación de capital.

La bioeconomía y la economía ecológica plantearon la relación que guarda el proceso económico con la degradación de la naturaleza, el imperativo de internalizar los costos ecológicos y la necesidad de agregar contrapesos distributivos a los mecanismos del mercado.

En 1972, un estudio del Club de Roma señaló por primera vez "Los límites del crecimiento". De allí surgieron las propuestas del "crecimiento cero" y de una "economía de estado estacionario".

Cuatro décadas después, la destrucción de los bosques, la degradación ambiental y la contaminación se han incrementado en forma vertiginosa, generando el calentamiento del planeta por las emisiones de gases de efecto invernadero y por las ineluctables leyes de la termodinámica, que han desencadenado la muerte entrópica del planeta.

Los antídotos producidos por el pensamiento crítico y la inventiva tecnológica han resultado poco digeribles por el sistema económico. El desarrollo sostenible se muestra poco duradero, ¡porque no es ecológicamente sustentable!

Hoy, ante el fracaso de los esfuerzos por detener el calentamiento global (el Protocolo de Kyoto había establecido la necesidad de reducir los gases invernadero al nivel de 1990), surge nuevamente la conciencia de los límites del crecimiento y el reclamo por el decrecimiento.

Si bien Lewis Mumford, Iván Illich y Ernst Schumacher vuelven a ser evocados por su crítica a la tecnología y su elogio de "lo pequeño", el decrecimiento se plantea ante el fracaso del propósito de desmaterializar la producción, el proyecto impulsado por el Instituto Wuppertal que pretendía reducir por cuatro y hasta 10 veces los insumos de naturaleza por unidad de producto.

Resurge así el hecho incontrovertible de que el proceso económico globalizado es insustentable. La ecoeficiencia no resuelve el problema de un mundo de recursos finitos en perpetuo crecimiento, porque la degradación entrópica es irreversible.

La apuesta por el decrecimiento no es solamente una moral crítica y reactiva, una resistencia a un poder opresivo, destructivo, desigual e injusto; no es una manifestación de creencias, gustos y estilos alternativos de vida; no es un mero descreimiento, sino una toma de conciencia sobre un proceso que se ha instaurado en el corazón del mundo moderno, que atenta contra la vida del planeta y la calidad de la vida humana.

El llamado a decrecer no debe ser un mero recurso retórico para dar vuelo a la crítica del modelo económico imperante. Detener el crecimiento de los países más opulentos, pero seguir estimulando el de los más pobres o menos "desarrollados" es una salida falaz.

Los gigantes de Asia han despertado a la modernidad; tan sólo China e India están alcanzando y rebasando las emisiones de gases invernadero de Estados Unidos. A ellos se sumarían los efectos conjugados de los países de menor grado de desarrollo llevados por la racionalidad económica hegemónica.

Decrecer no sólo implica desescalar o desvincularse de la economía. No equivale a desmaterializar la producción, porque ello no evitaría que la economía en crecimiento continuara consumiendo y transformando naturaleza hasta rebasar los límites de sustentabilidad.

La abstinencia y la frugalidad de algunos consumidores responsables no desactivan la manía de crecimiento instaurada en la raíz y el alma de la racionalidad económica, que conlleva un impulso a la acumulación del capital, a las economías de escala, a la aglomeración urbana, a la globalización del mercado y a la concentración de la riqueza.

Saltar del tren en marcha no conduce directamente a desandar el camino. Para decrecer no basta bajarse de la rueda de la fortuna de la economía.

Las excrecencias del crecimiento, la pus que brota de la piel gangrenada de la Tierra, al ser drenada la savia de la vida por la esclerosis del conocimiento y la reclusión del pensamiento, no se retroalimenta en el cuerpo enfermo del Planeta.

No se trata de reabsorber sus desechos, sino de extirpar el tumor maligno. La cirrosis que corroe a la economía no habrá de curarse inyectado más alcohol a la máquina de combustión de los autos, las industrias y los hogares.

Más allá del rechazo a la mercantilización de la naturaleza, es preciso desconstruir la economía realmente existente y construir otra economía, fundada en una racionalidad ambiental.

La transición de la modernidad hacia la posmodernidad significó pasar de la anticultura, inspirada en la dialéctica, al mundo "pos" (posestructuralismo, poscapitalismo), que anunciaba el advenimiento de algo nuevo.

Pero ese algo nuevo aún no tiene nombre, porque solo hemos sabido nombrar lo que es y no lo por venir. La filosofía posmoderna inauguró la época "des", abierta por el llamado a la desconstrucción. La solución al crecimiento no es el decrecimiento, sino la desconstrucción de la economía y la transición hacia una nueva racionalidad que construya la sustentabilidad.

Desconstruir la economía insustentable significa cuestionar el pensamiento, la ciencia, la tecnología y las instituciones que han instaurado la jaula de racionalidad de la modernidad.

No es posible mantener una economía en crecimiento que se alimenta de una naturaleza finita, sobre todo una economía fundada en el uso del petróleo y el carbón, transformados en el metabolismo industrial, del transporte y de la economía familiar en dióxido de carbono, el principal gas causante del efecto invernadero y del calentamiento del planeta que hoy amenaza a la vida humana.

El problema de la economía del petróleo no es solo, ni fundamentalmente, el de su gestión como bien público o privado. No es el del incremento de la oferta, explotando las reservas guardadas y los yacimientos de los fondos marinos para abaratar nuevamente el precio de las gasolinas, que ha sobrepasado los cuatro dólares por galón.

El fin de la era del petróleo no resulta de su escasez creciente, sino de su abundancia en relación a la capacidad de absorción y dilución de la naturaleza, del límite de su transmutación y disposición hacia la atmósfera en forma de dióxido de carbono.

La búsqueda del equilibrio de la economía por una sobreproducción de hidrocarburos para seguir alimentando la maquinaria industrial (y agrícola por la producción de biocombustibles), pone en riesgo la sustentabilidad de la vida en el planeta, y de la propia economía.

La "despetrolización" de la economía es un imperativo ante los riesgos catastróficos del cambio climático si se rebasa el umbral de las 450-550 partes por millón de gases de efecto invernadero en la atmósfera, como vaticinan el Informe Stern y el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.

Y esto plantea un desafío a las economías que dependen de sus recursos petroleros (México, Brasil, Venezuela, en nuestra América Latina), no sólo por su consumo interno, sino por su contribución al cambio climático global.

La racionalidad económica se implanta sobre la Tierra y se alimenta de su savia. Es el monstruo que engulle la naturaleza para expulsarla por sus fauces que exhalan bocanadas de humos a la atmósfera, contaminando el ambiente y calentando el planeta.

El decrecimiento de la economía no solo implica la desconstrucción teórica de sus paradigmas científicos, sino de su institucionalización social y de la subjetivización de los principios que intentan legitimar la racionalidad económica como la forma ineluctable del mundo.

Desconstruir la economía resultaría así una empresa más compleja que desmantelar un arsenal bélico, derrumbar el Muro de Berlín, demoler una ciudad o refundir una industria.

No es la obsolescencia de una máquina o de un equipo, ni el reciclaje de sus materiales para renovar el proceso económico. La destrucción creativa del capital que preconizaba Joseph Schumpeter no apuntaba al decrecimiento, sino al mecanismo interno de la economía que la lleva a "programar" la obsolescencia y destrucción del capital fijo, para reestimular el crecimiento insuflado por la innovación tecnológica como fuelle de la reproducción ampliada del capital.

El crecimiento económico arrastra consigo el problema de su medición. El emblemático producto interno bruto con el que se evalúa el éxito o fracaso de las economías nacionales no mide sus externalidades negativas.

Pero el problema fundamental no se resuelve con una escala múltiple y un método multicriterial de medida, como las "cuentas verdes", el cálculo de los costos ocultos del crecimiento, un "índice de desarrollo humano" o un "indicador de progreso genuino".

Se trata de desactivar el dispositivo interno, el código genético de la economía, y hacerlo sin desencadenar una recesión de tal magnitud que termine acentuando la pobreza y la destrucción de la naturaleza.

La descolonización del imaginario que sostiene a la economía dominante no habrá de surgir del consumo responsable o de una pedagogía de las catástrofes socio-ambientales, como pudo sugerir Serge Latouche al poner en la mira la apuesta por el decrecimiento.

La racionalidad económica se ha institucionalizado y se ha incorporado a nuestra forma de ser en el mundo: el "homo economicus". Se trata pues de un cambio de piel, de transformar al vuelo un misil antes de que estalle en el cuerpo minado del mundo.

La economía real no es desconstruible mediante una reacción ideológica y un movimiento social revolucionario. No basta con moderarla incorporando otros valores e imperativos sociales para crear una economía social y ecológicamente sostenible.

Es necesario forjar Otra economía, fundada en los potenciales de la naturaleza y en la creatividad de las culturas, en los principios y valores de una racionalidad ambiental.




lunes, 18 de marzo de 2013

decrecimiento:::: Las pensiones y el fin del crecimiento

Las pensiones y el fin del crecimiento

Posted: 17 Mar 2013 12:03 PM PDT

Florent Marcellesi, Coordinador de Ecopolítica, Jean Gadrey, economista y miembro del consejo científico de ATTAC Francia, Borja Barragué, investigador de la Universidad autónoma de Madrid.

Publicado en Diario Público, el 27 de febrero del 2013.


El futuro de las pensiones se plantea con demasiada frecuencia basándose en el crecimiento económico infinito y olvidando completamente la crisis ecológica. Se nos dice a menudo, incluso desde la izquierda, que si el Producto Interior Bruto (PIB) fuese en 2050 más del doble que en 2013 (o sea, una tasa de crecimiento medio del 1,9% anual), no habría un verdadero problema de financiación: si el «pastel» aumenta, puede distribuirse una mayor parte a las personas jubiladas sin quitarle nada a nadie. Es el argumento que, por ejemplo, encontramos en el artículo de Vicenç Navarro publicado el 6 del 2013 en El País (disponible en su blog). Dada nuestra cercanía ideológica con este autor en torno a la cuestión de la justicia social, el propósito de este artículo es debatir algunas de sus aserciones para que los movimientos transformadores integren el fin del crecimiento en sus reflexiones y en su práctica.

Vicenç Navarro comienza su argumentación mediante la constatación de un hecho según él de especial importancia: "El del aumento de la productividad, es decir, que un trabajador dentro de 40 años producirá mucho más que un trabajador ahora" (…) "casi el doble en 2050 que ahora, con lo cual podría mantener casi al doble de pensionistas." Esta visión se fundamenta en considerar los aumentos de productividad como intrínsecamente positivos, sin cuestionar su calidad y orientación. En este sentido, el caso del sector agrícola, que Vicenç Navarro tomó como ejemplo, es paradigmático. Comenta que "hace 40 años el 18% de los españoles adultos trabajaba en la agricultura. Hoy solo el 2% lo hace, y este 2% produce mucho más de lo que producía [el 18%] hace 40 años." Sin embargo, el sistema agroalimentario global ha conseguido producir tanta cantidad con tan poca mano de obra sobreexplotando los recursos naturales (y las personas). Es un modelo insostenible (e injusto) que requiere enormes cantidades de petróleo para fertilizantes, pesticidas, ultra-mecanización del campo, transporte globalizado, refrigeración, etc. y es responsable de hasta el 57% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. En la era del crecimiento, buena parte de los aumentos de productividad alcanzados por la sociedad industrial son productivistas, es decir, nocivos para la sostenibilidad.

Por supuesto, eso no significa que todos los aumentos de productividad sean contraproducentes. En ciertos sectores, como puede ser la agroecología, las energías renovables, la movilidad sostenible, etc., hay aumentos de productividad defendibles desde un punto de visto ecológico y social. Sin embargo, durante la transición hacia una sociedad justa y ambientalmente viable, disminuirá la productividad en muchos sectores en los que se pasaría de producciones «insostenibles» a producciones «sostenibles» con respecto a las redes antiguas dado que hace falta más trabajo (un 30% más en la agricultura ecológica por ejemplo) para producir las mismas cantidades con menos energía. Dicho de otro modo, una cesta de agricultura ecológica relocalizada es menos "productiva" que una cesta de agricultura intensiva globalizada, pero es más saludable y más respetuosa del medioambiente y de las generaciones futuras. Por tanto, una sustitución virtuosa (menos desempleo, menos energía) se traducirá por una disminución de los aumentos de productividad en términos económicos clásicos.

Segundo, Vicenç Navarro argumenta que "si la productividad creciera un 1,5% por año, que es el promedio de crecimiento en los últimos 50 años, el PIB de España en 2060 sería 2,20 veces mayor que en 2007" (lo cual significaría que en 2060 quedaría mucho más dinero tanto para pensionistas como para no pensionistas). Sin embargo, el incremento medio de productividad en los últimos 50 años esconde otra realidad menos entusiasta: en este mismo periodo de tiempo ha habido una decadencia estructural de los aumentos de productividad (en España, oscilaba en los años 70 entre el 3% y el 6% y desde los años 2000 entre el 0% y el 2%) y es muy probable que siga así, sobre todo en los sectores productivistas. En este sentido, contrariamente a las tesis clásicas, asistiremos a escala macroeconómica a una fuerte caída de los aumentos de productividad y, por tanto, del crecimiento cuantitativo, debido al agotamiento de los recursos naturales (principalmente fósiles) y el cambio climático. Puesto que no existe progreso tecnológico que nos vaya a sacar de la crisis ecológica (que es a la vez energética, climática y alimentaria), hay motivos suficientes para pensar que los países de la OCDE van a salir del breve periodo de su historia en que los aumentos de la productividad, fuente esencial de su crecimiento (de las cantidades), han constituido el núcleo de su modelo económico y del progreso.

Pero incluso concediendo que fuera posible, ocurre que no es deseable volver a la senda del crecimiento, aún menos tal y como se ha venido produciendo éste en los últimos años en España. Desde el punto de vista ecológico, el crecimiento no es la solución, sino más bien el problema. Por ejemplo, sólo con un ligero aumento del PIB mundial (¡ni siquiera del español!) de un 1% anual y una hipótesis de mejoras tecnológicas muy optimista, ya superaríamos en 2050 en un 25% las metas de disminución de emisión de gases de efecto invernadero que evitarían un aumento de temperatura de más de dos grados (umbral crítico a no superar según la comunidad científica).

Ya es hora de cuestionar la paradoja que consiste en defender los derechos de las generaciones futuras ante al cambio climático y en olvidar esta variable cuando se trata de sus pensiones a largo plazo. He aquí algunas propuestas para imaginar "unas pensiones sin crecimiento" (algunas propuestas coinciden, sin duda alguna, con otras de V. Navarro):


  1.     Las pensiones de las generaciones futuras no requieren crecer más, sea como sea el crecimiento, sino distribuir la riqueza ya existente así como reducir las desigualdades. Significa hacer un balance de los miles de millones de euros recuperables anualmente sin crecimiento cuantitativo tomando el dinero de ahí donde está (plusvalías, economía sumergida, presupuestos militares, etc.).
  2.     Desarrollar los servicios fuera de la lógica mercantil (salud, cultura, movilidad…) y el acceso a las riquezas no económicas (vínculos sociales, participación, naturaleza…) para fomentar el «vivir-bien» de las personas mayores en un mundo sostenible. Al centrarse en el poder adquisitivo, se confunde el «poder de vivir bien» con el «poder pagar» y se profundiza en la mercantilización del mundo.
  3.     De este modo, favorecer los ingredientes del vivir bien de los jubilados en una sociedad sostenible en torno a cuatro pilares: autogestión, solidaridad, ciudadanía y ecología. Ello, sin duda, implica recursos financieros, pero de forma sobria y compartida.
  4.     Fijar una renta máxima definida como un múltiplo razonable de una renta básica de ciudadanía decente para poner fin a la pobreza monetaria, como la de las personas mayores (en especial las mujeres). Eso sería económica, social y ecológicamente eficiente, y garantizaría el poder adquisitivo de las bajas y medias pensiones más proclives a caer en situaciones de riesgo de pobreza y exclusión social.
  5.     Reflexionar sobre la financiación de las pensiones y de los servicios colectivos gratuitos o subvencionados, públicos o asociativos, dedicados a la mejora de la calidad de vida de las personas mayores y a sus actividades en la ciudad, lo cual sería decisivo para las personas de ingresos modestos.
  6.     Promover una sociedad con altas tasas de empleo remunerado y sin crecimiento de las cantidades: es posible combinando aumentos de la sostenibilidad y de la calidad como fuentes de valor agregado, distribución equitativa del trabajo, reducción de la jornada laboral y de las desigualdades. Este tipo de "pleno empleo" (verde y decente) es una importante baza para la financiación de las pensiones.
  7.     Mantener el derecho a una jubilación de buena calidad a los 65 años. A la vez que redistribuye el trabajo, relativiza la influencia excesiva del trabajo sobre la vida y sobre la Naturaleza. Para las personas mayores asociadas a algún tipo de organización no lucrativa, no faltan precisamente las actividades de voluntariado de utilidad social y ecológica.
  8.     Luchar por la igualdad de las mujeres y los hombres con respecto al empleo de calidad y a los salarios. Buscar la igualdad profesional de género sería una enorme fuente de riqueza económica, con un resultado final de empleos socialmente útiles. Ello permitiría sumar varias decenas de miles de millones de euros a la financiación de la protección social.

El debate sobre las pensiones no puede escapar de la crisis ecológica y del fin de la era del crecimiento. Es un imperativo que los movimientos transformadores integren esa realidad y hagan propuestas novedosas para combinar a la vez justicia social y sostenibilidad ecológica.

Florent Marcellesi, Jean Gadrey, Borja Barragué son coautores del libro "Adiós al crecimiento. Vivir bien en un mundo solidario y sostenible" (El Viejo Topo, en prensa).

miércoles, 13 de marzo de 2013

decrecimiento::::: Zygmunt Bauman: "Hemos vivido en un mundo irreal, de crecimiento ilimitado"

Zygmunt Bauman: "Hemos vivido en un mundo irreal, de crecimiento ilimitado"

Posted: 12 Mar 2013 10:08 AM PDT

Sorprendido porque ve "mucho optimismo" en las calles de Barcelona, y eso no es lo que cuentan los diarios, el sociólogo Zygmunt Bauman ha considerado que en los últimos treinta años las sociedades occidentales han vivido "en un mundo irreal", en el que se pensaba que el crecimiento era ilimitado.

Bauman, que ofreció una conferencia en el CCCB, y cuenta con un nuevo libro, Sobre la educación en un mundo líquido (Paidós), ha mantenido en un encuentro con periodistas que durante estas décadas se ha vivido pensando en el "crecimiento ilimitado" y, de repente, "hay un shock y la gente se da cuenta de que el hoy es malo, mañana será peor y pasado mañana llegará el apocalipsis".

En su opinión, se vive en un mundo "como de alquiler", en el que todo se mueve rápidamente, con "cambios radicales que no se esperan", y que también ha definido como un "interregno, en el que se ve que las cosas que se han hecho hasta ahora no han funcionado, pero no se ha encontrado aún la manera de hacerlo diferente".

Advirtiendo, a sus 88 años, que él sólo estudió sociología para explicar lo que ocurre en las sociedades y "no para hacer profecías", ha opinado que se ha vivido "en el mundo de la ilusión", principalmente por la irrupción masiva de la tarjeta de crédito, que provocó el paso "de la cultura del ahorro a la del crédito".

Entiende el pensador de origen polaco que el "boom" del Bienestar se ha basado en que "gastábamos más dinero del que ganábamos, pidiendo préstamos a expensas de nuestros nietos, que pagarán el exceso de este consumismo".

"Ahora -ha proseguido- se ha visto que estábamos en una gran mentira y en un malentendido y cuando ha llegado el mundo real no es muy alentador".

Bauman, británico de adopción desde 1968, ha rememorado que en los años setenta el capitalismo buscaba "tierras vírgenes" para poderse expandir y fue cuando caló la idea de que "los hombres y las mujeres sin tarjeta de crédito no tenían ninguna utilidad, porque no daban beneficios a los bancos". "Las personas se transformaron en alguien que pedía dinero y eran fuente de beneficios constante para los bancos", ha apostillado.

Además ha argumentado que el sistema iba creciendo porque las entidades aseguraban a sus clientes que retornar la deuda no era ningún problema, con lo que las personas "o eran víctimas de una mentira o eran inocentes".

A pesar de la crisis, el padre del concepto de la "modernidad líquida" se ha mostrado cauto con respecto a las teorías que dan por muerto al capitalismo liberal, porque todavía -ha dicho- "se pueden crear tierras vírgenes", que no serán conquistadas por ningún ejército, porque sólo son necesarios "agentes bancarios".

Respecto al "divorcio" entre poder y política, ha hablado de desconfianza hacia el sistema, porque "el poder se ha evaporado en el ciberespacio y la política sufre un déficit de poder".

Sostiene que lo más importante a resolver durante el siglo será "volver a unir poder y política". "Es un trabajo difícil -ha agregado- pero si no lo hacemos no solucionaremos el problema".

Respecto al auge de los nacionalismos, ha querido recordar que él nació en Polonia en 1925 en el seno de una familia que debió emigrar en la década de 1930 para escapar del nazismo y que en 1968, otra vez en Polonia, se vio obligado a exiliarse a Inglaterra por las purgas del régimen comunista, sintiéndose principalmente europeo.

Ha razonado que antes la identidad "venía dada de nacimiento, igual que la clase social, que se heredaba". "La idea de identidad -ha argumentado- aparece cuando la idea de comunidad se debilita y nos empezamos a mover entre dos valores como la seguridad y la libertad, dos conceptos complementarios y a la vez opuestos".

Según lo que se está viendo, "ahora la gente quiere más seguridad por encima de la libertad y parece que haya una identificación con respecto a la comunidad que queremos que resurja". "Hemos entrado en una nueva época", pronostica.

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Modernidad y holocausto

¿Y si la felicidad era otra cosa?

viernes, 8 de marzo de 2013

decrecimiento:::::: Un modelo económico alternativo

Un modelo económico alternativo

Posted: 07 Mar 2013 03:06 AM PST

Bruno Clémentin y Vicent Cheynet

A escala estatal, una 'economía saludable' administrada democráticamente sólo puede ser fruto de una búsqueda constante del equilibrio entre las opciones colectivas y las individuales. Requiere un control democrático de la economía por parte de la política y por las opciones de consumo de los individuos. Una economía de mercado, controlada tanto por la política como por el consumidor, sin que la una pueda prescindir del otro. Este modelo exige un aumento de responsabilidad tanto política como del consumidor.

Sucintamente, podemos imaginar un modelo económico articulado en torno a tres ejes. El primero sería una economía de mercado controlada, para evitar cualquier fenómeno de concentración. Lo cual representaría, por ejemplo, el fin del sistema de franquicia. Todo artesano o comerciantes sería propietario de su útil de trabajo y no podría aspirar a más. Él sería necesariamente el único con poder de decisión sobre su actividad, en relación con su clientela. Esta economía de pequeñas entidades, además de su carácter humanista, tendría el inmenso mérito de no generar publicidad, lo que es una condición sine qua non para la puesta en práctica del decrecimiento sostenible. El fin de la ideología del consumo pasa por su puesta en práctica técnica.

El segundo eje, la producción de equipos que precisen de una inversión, sería financiado por capitales mixtos privados y públicos, controlados por la política.

El tercer eje atañe a los servicios públicos esenciales que tendrían como característica el no ser privatizables (acceso al agua, a la energía disponible, a la educación y la cultura, a los transportes públicos, a la sanidad, a la seguridad de las personas).

La puesta en práctica de un modelo así supondría la expansión de un comercio real equitativo, es decir, unas condiciones de remuneración y de protección social idénticas en los países consumidores y en los países productores. Esta simple regla conllevaría el fin de la esclavitud y del neocolonialismo.

Extraído del libro 'Objetivo decrecimiento' del Colectivo Revista Silence

Enlaces relacionados:

La solución: el decrecimiento económico

¿Hacia una economía comunalista-decrecentista?

Macroeconomía ecológica sin crecimiento

La economía del sustento

miércoles, 6 de marzo de 2013

decrecimiento::::: Ocupando el sistema agrícola y alimentario

Ocupando el sistema agrícola y alimentario

Posted: 05 Mar 2013 12:54 AM PST

Esther Vivas

Se han ocupado plazas, bancos, viviendas, aulas, hospitales e incluso supermercados. Se han desobedecido leyes y prácticas injustas. Hemos reivindicando más democracia en la calle, en las instituciones, en la banca... Una marea indignada ha cuestionado y ha puesto en jaque al actual sistema económico, financiero, político... pero es necesario llevar esta indignación más allá. Y uno de los temas pendientes, entre muchos otros, es ocupar, algo tan básico, como el sistema agrícola y alimentario.

Todos nosotros comemos. Alimentarnos es fundamental para sobrevivir, pero, y aunque puede parecer lo contrario, no tenemos derecho a decidir sobre aquello que consumimos. Hoy un puñado de multinacionales de la industria agroalimentaria deciden qué, cómo y dónde se produce y qué precio se paga por aquello que comemos. Unas empresas que anteponen sus intereses empresariales a las necesidades alimentarias de las personas y que hacen negocio con algo tan imprescindible como la comida.

De aquí que en un mundo donde se produce más alimentos que en ningún otro período histórico, 870 millones de personas pasen hambre. Si no tienes dinero para pagar el precio, cada día más caro, de los alimentos ni acceso a los recursos naturales como la tierra, el agua, la semillas... no comes. Asimismo, en los últimos cien años, según la FAO, ha desaparecido un 75% de la diversidad agrícola. Se produce en función de los intereses del mercado, apostando por variedades resistentes al transporte de largas distancias, que tengan un aspecto óptimo..., dejando de lado otros criterios no mercantiles. El empobrecimiento del campesinado es otra de las consecuencias del actual sistema agroindustrial. Se apuesta por un modelo agrario que prescinde del saber campesino, subvenciona la agroindustria y donde la agricultura familiar y a pequeña escala no tiene cabida.

Un sistema en que los alimentos viajan una media de cinco mil kilómetros antes de llegar a nuestro plato. Se prima, por un lado, la producción en países del Sur, explotando su mano obra y aprovechándose de unas legislaciones medioambientales muy laxas, para luego vender el producto aquí. Y, por el otro, multinacionales subvencionadas con dinero público producen en Europa y Estados Unidos muy por encima de la demanda local y venden su excedente por debajo de su precio de coste en la otra punta del planeta, haciendo la competencia desleal a los productores del Sur. Los campesinos del mundo son los que más salen  perdiendo con un modelo de agricultura globalizada al servicio de los intereses del capital.

Conclusión: actualmente contamos con un modelo de agricultura irracional, que genera hambre, pobreza, desigualdad, impacto medioambiental... y que sólo se justifica porqué da cuantiosos beneficios a las multinacionales que monopolizan el sector. No hay democracia en el sistema agroalimentario. Y por eso es necesario reivindicar esa "democracia real" también en el actual modelo de producción, distribución y consumo de alimentos.

Si algo ha caracterizado al movimiento del 15M es el empezar a construir aquí y ahora ese "otro mundo posible" que reivindicamos. Planteando que son viables otros modelos económicos, sociales, de consumo, energéticos, de cuidados... De la ocupación de plazas se ha pasado a la ocupación de tierras para cultivar huertos urbanos, se han creado redes de intercambio, se han organizado grupos de consumo agroecológico. Generalicemos estas prácticas. Y exijamos: soberanía alimentaria. Volver a decidir sobre aquello que comemos, que los campesinos tengan acceso a los recursos naturales, que no se especule con la comida, que se promueva una agricultura, local, campesina y de calidad. Ocupemos el sistema agroalimentario. Sólo así podremos garantizar que alimentarnos sea un derecho para todos y no un privilegio para unos pocos.


*Artículo publicado en la revista Números rojos, nº5.

+info:  http://esthervivas.com

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Soberanía alimentaria y ecofeminismo

Hambre y soberanía alimentaria

La mujer campesina

martes, 5 de marzo de 2013

La filosofía slow

La filosofía slow

25/02/13

 

   'Slow cities', 'slow sex', 'slow food', 'slow life', 'slow work', podemos hablar del movimiento slow como una filosofía de vida, una filosofía de la lentitud; no olvidemos quien ganó la carrera entre la tortuga y la liebre. Prueba a ir más despacio.

El capitalismo ofrece un billete de ida hacia la extenuación, para el planeta y quienes lo habitamos. Podemos vivir mejor si consumimos, fabricamos y trabajamos a un ritmo más razonable. Al centrar la puntería en el falso dios de la velocidad, alcanza el corazón de lo humano en la era del chip de silicio. El beneficio máximo del movimiento Slow sólo se conseguirá si vamos más allá y reflexionamos sobre nuestra manera de hacerlo todo. Un mundo realmente lento requiere nada menos que una revolución del estilo de vida.


El tiempo no puede colonizar nuestras vidas, sino que hay que devolverlo a las personas para que pueda ser un tiempo vivido plenamente. /Más/, /antes/ y /más rápido/ no son sinónimos de /mejor/, y educarnos para la lentitud significa ajustar la velocidad al momento y a la persona.


Partidarias del buen vivir, las denominadas ciudades
 Slowtienen como premisa adueñarnos del tiempo para disfrutarlo de un modo inteligente. El movimiento de Slow Cities (Cittaslow) se organiza para certificar aquellas ciudades donde la obligación es comer bien, dedicarnos al placer, el cuidado del medio ambiente, el patrimonio y sobre todo la filosofía de disfrutar la vida en todo momento, y optimizando nuestro tiempo.

Slow Food es la respuesta de vanguardia a los efectos degradantes de la cultura de la comida industrial y rápida -fast food- que estandariza las técnicas de producción y la oferta de productos, nivelando y homogeneizando los sabores y los gustos.


El movimiento por una comida lenta promueve una nueva cultura del placer basada en la lentitud, el conocimiento, la hospitalidad y la solidaridad. Sus objetivos son claros: reencontrar el placer de la buena mesa, incentivar la buena gastronomía y el buen vino, y propiciar la educación de los sentidos para redescubrir la riqueza de los aromas y los sabores.


Protege la biodiversidad profundamente amenazada por el uso de agroquímicos, agrotóxicos y transgénicos, apoyando y promoviendo la producción orgánica. Intenta impedir la desaparición de alimentos y sistemas de producción artesanal, favoreciendo el desarrollo de innumerables microeconomías de regiones marginales. Enfrenta la estandarización de la comida y los sabores artificiales de una cultura que impone el consumo a la vez que el empobrecimiento de los sentidos.


El
 slow sex una forma de disfrutar de nuestros cuerpos donde se valora más la calidad que la cantidad, extenso juego previo, mientras susurramos a nuestras parejas y miramos a los ojos, emparentado con el sexo tántrico, la seducción se empareja con el placer de descubrir a través de los sentidos.


El coste humano de este 'turbocapitalismo'; actualmente existimos para servir a la
 economía, cuando debería ser a la inversa. La actual cultura del trabajo está minando nuestra salud mental.


" ¿No pueden comprender los trabajadores que, al trabajar en exceso agotan sus fuerzas y las de su progenie que están extenuados y, mucho antes de que les llegue el momento, son incapaces de hacer nada; que absorbidos y brutalizados por ese vicio, ya no son hombres sino fragmentos de hombres que matan todas las bellas facultades de su interior para no dejar viva y floreciente más que la furiosa locura del trabajo?".


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domingo, 3 de marzo de 2013

decrecimiento::: El mito del progreso humano

El mito del progreso humano

Posted: 03 Mar 2013 07:06 AM PST

Chris Hedges

Traducido por Silvia Arana para Rebelión

En la obra Réquiem por una especie: ¿Por qué nos resistimos a la verdad sobre el cambio climático? Clive Hamilton describe el lúgubre consuelo derivado de aceptar que "el catastrófico cambio climático es algo virtualmente seguro". Dice que para eliminar cualquier "esperanza falsa" hace falta un conocimiento intelectual y un conocimiento emocional. El primero es algo posible de lograr. El segundo es mucho más difícil de adquirir porque los seres querido, incluyendo nuestros hijos, están condenados a la inseguridad, la miseria y el sufrimiento en el transcurso de pocas décadas -si no en pocos años. Asumir emocionalmente el desastre que nos aguarda, lograr comprender a un nivel visceral que la élite en el poder no responderá racionalmente ante la devastación del ecosistema, es tan difícil como la aceptación de nuestra propia muerte. La lucha existencial más abrumadora de nuestro tiempo es asimilar -intelectual y emocionalmente- esta horrible verdad y continuar resistiendo contra las fuerzas destructivas.

La especie humana, encabezada por europeos y euro-americanos blancos, ha lanzado, desde hace 500 años, una estampida violenta de conquista, saqueo, depredación, explotación y contaminación de la Tierra -matando al mismo tiempo a las comunidades indígenas que hallan en su camino. Pero el juego ha llegado a su fin. Las fuerzas técnicas y científicas que permitieron crear una vida de lujos sin paralelo son las mismas fuerzas que nos condenan. La manía de la expansión económica y explotación sin límites se ha convertido en una maldición, en una sentencia de muerte. Pero incluso mientras se desintegra nuestro sistema económico y del medio ambiente, después del año más caliente en los 48 estados contiguos de EE.UU. desde que se lleva el registro iniciado hace 107 años, carecemos de la creatividad emocional e intelectual para apagar el motor del capitalismo global. Nos hemos atado a una máquina de la muerte, como lo explica el borrador del reporte del Comité Asesor de Evaluación y Desarrollo Climatológico Nacional.


Las civilizaciones complejas tienen el mal hábito de la auto-destrucción. Antropólogos, entre los que se incluye Joseph Tainter en El colapso de sociedades complejas, Charles L. Redman en El impacto humano en los medio ambientes de la antigüedad y Ronald Wright en Breve historia del progreso han expuesto los patrones comunes que conducen a la desintegración de los sistemas. La diferencia es que, en esta época, nuestra destrucción arrastrará a todo el planeta. Con este colapso final no habrá nuevas tierras para explotar, ni nuevas civilizaciones para conquistar, ni nuevos pueblos para sojuzgar. La conclusión de la larga lucha entre la especie humana y la Tierra será que los seres humanos sobrevivientes aprenderán una dolorosa lección sobre la ambición desenfrenada y el egocentrismo.

"Hay un patrón que se repite en las diferentes civilizaciones del pasado de desgaste de los recursos naturales, sobreexplotación del medio ambiente, expansión desmedida y sobrepoblación", sostiene Wright en una conversación telefónica desde su hogar en British Columbia, Canadá. Agrega: "Según el patrón, las sociedades tienden al colapso poco después de alcanzar el periodo de mayor magnificencia y prosperidad. Ese patrón se repite en numerosas sociedades, los antiguos romanos, mayas y sumerios del actual sur de Irak. Hay muchos otros ejemplos, incluyendo sociedades a menor escala como la Isla de Pascua. Las mismas causas de la prosperidad de las sociedades en el corto plazo, especialmente nuevas formas de explotar el medio ambiente como la invención de la irrigación, conducen al desastre en el largo plazo debido a complicaciones que no se pudieron prever. A esto lo llamo "la trampa del progreso" en el libro Breve historia del progreso. Hemos puesto en movimiento una maquinaria industrial de tal nivel de complejidad y dependencia en la expansión que no sabemos cómo arreglarnos con menos ni como lograr estabilidad en relación a nuestra demanda de recursos naturales. Hemos fracasado en el control de la población humana. Se ha triplicado en el curso de mi vida. Y el problema se agudiza por la brecha creciente entre ricos y pobres, la concentración de la riqueza, que asegura que nunca habrá suficiente para repartir. La cantidad de gente en extrema pobreza en la actualidad -cerca de dos mil millones- es mayor de lo que era la población total del mundo a principios del siglo XX. Eso no es progreso."

"Si continuamos negándonos a enfrentar la situación de una manera racional y ordenada marcharemos, tarde o temprano, hacia una suerte de gran catástrofe.", sostiene Wright. "Si tenemos suerte, será lo suficientemente grande como para despertarnos a nivel mundial pero no tanto como para eliminarnos. Ese sería el mejor de los casos. Debemos trascender nuestra historia evolucionista. Somos cazadores de la Era Glacial afeitados y vestidos de traje. No somos buenos pensadores a largo plazo. Preferimos atiborrarnos con carne de mamut sacrificando a todo el rebaño en el precipicio antes que ingeniarnos para conservar el rebaño y tener alimento diario para nosotros y nuestros hijos. Esa es una transición que nuestra civilización debe hacer. Y no la estamos haciendo."





Wright, que en su novela distópica Un romance científico, pinta un mundo futuro devastado por la estupidez humana, menciona "los intereses políticos y económicos afianzados" y la incapacidad imaginativa de la inteligencia humana como dos de los mayores impedimentos para un cambio radical. Y dice que estamos en falta todos los que usamos combustibles fósiles y todos los que participamos de la economía formal.

Las sociedades capitalistas modernas, sostiene Wright en su libro "¿Qué es América: Una breve historia del Nuevo Mundo", derivan del saqueo perpetrado por los invasores europeos contra las culturas indígenas del continente americano desde el siglo XVI al siglo XIX, combinado con el empleo de esclavos africanos como fuerza de trabajo sustituta de los nativos. La población de indígenas americanos decreció en un 90% a causa del sarampión y otras plagas nuevas. Los españoles no lograron conquistar ninguna de las grandes civilizaciones hasta que el sarampión empezara a hacer estragos; en efecto, los aztecas derrotaron a los españoles al principio. Si Europa no hubiera saqueado el oro de las civilizaciones azteca e inca, si no hubiera ocupado la tierra y se hubiera apropiado de los altamente productivos cultivos del Nuevo Mundo para explotarlos en sus granjas europeas, el crecimiento de la sociedad industrial en Europa habría sido mucho más lento. Karl Marx y Adam Smith señalaron que el influjo de riqueza desde las Américas hizo posible la Revolución Industrial y el inicio del capitalismo moderno. Fue la violación de las Américas, señala Wright, lo que desencadenó la orgía de la expansión europea. La Revolución Industrial también equipó a los europeos con sistemas avanzados de armamento, lo que hizo posible una mayor subyugación, saqueo y expansión.

"La experiencia de 500 años de expansión y colonización relativamente fáciles, de la constante toma de nuevas tierras, condujo al mito del capitalismo moderno de que es posible expandirse indefinidamente", dice Wright. "Es un mito absurdo. Vivimos en este planeta. No podemos dejarlo e irnos a otra parte. Tenemos que hacer ajustes a nuestras economías y demandas de la naturaleza dentro de los límites naturales, pero hemos tenido 500 años durante los cuales los europeos y los europeos- americanos, al igual que otros colonialistas han dominado el mundo. Este periodo de 500 años ha sido visto no solo como algo fácil sino también normal. Creemos que las cosas siempre serán más grandes y mejores. Tenemos que entender que ese largo periodo de expansión y prosperidad fue una anomalía. Algo así ha sucedido muy raramente en la historia y nunca volverá a suceder. Tenemos que hacer reajustes en la civilización a nivel integral para vivir en un mundo finito. Sin embargo, no lo estamos haciendo porque llevamos mucho bagaje, demasiadas versiones míticas de una historia deliberadamente distorsionada y un sentimiento profundamente enraizado de que ser moderno se reduce a tener más. Esto es lo que los antropólogos llaman una "patología ideológica", una creencia auto-destructiva que provoca el colapso y la destrucción de las sociedades. Estas sociedades continúan haciendo cosas realmente estúpidas porque no pueden cambiar la manera de pensar. Y en este punto nos encontramos nosotros ahora."

Y a medida que el colapso se hace palpable, si la historia de la humanidad puede servir de guía, nosotros como las sociedades en proceso de desintegración del pasado, nos refugiaremos en lo que los antropólogos llaman "cultos de crisis". La impotencia que sentimos frente al caos ecológico y económico desatará engaños colectivos más agudos, como la creencia fundamentalista en un dios o en dioses que vendrán a la tierra para salvarnos.

"Las sociedades a punto de colapso, a menudo, son víctimas de la creencia de que si realizan ciertos rituales todo lo malo desaparecerá", dice Wright. "Hay muchos ejemplos de ello a través de la historia. En el pasado esos cultos de crisis se impusieron entre los pueblos que habían sido colonizados, atacados y masacrados por extranjeros, de los pueblos que habían perdido control de sus vidas. Esos rituales representan la capacidad de recuperar el mundo del pasado, al que visualizan como una especie de paraíso. Buscan regresar a cómo eran las cosas. Los cultos de crisis se propagaron rápidamente entre las sociedades de indígenas americanos en el siglo XIX, cuando los indígenas y los búfalos eran masacrados con rifles de repetición y luego con metralletas. La gente llegó a creer que, como sucede en la 'danza de los fantasmas', si ellos hacían lo correcto desaparecería el mundo moderno que les era intolerable: el alambre de púa, las vías ferroviarias, el hombre blanco, las armas de fuego.

"Todos tenemos el mismo tipo básico de mecanismos psicológicos: somos muy malos para planear a largo plazo y nos aferramos a engaños irracionales frente a una amenaza seria", dice Wright. "Veamos, por ejemplo, la creencia de la extrema derecha de que si desapareciera el gobierno, recuperaríamos el paraíso de la década del 50. Veamos de qué manera permitimos que avance la exploración de petróleo y gas cuando sabemos que una económica basada en el carbón representa un suicidio para nuestros hijos y nietos. Ya se pueden sentir los resultados. Cuando se llegue al punto en el que grandes partes de la Tierra experimenten malas cosechas al mismo tiempo, tendremos hambrunas masivas y una ruptura del orden establecido. Eso nos depara el futuro si no tomamos medidas frente al cambio climático."

Dice Wright: "Si fracasamos en este gran experimento, el experimento de los simios que desarrollaron la inteligencia suficiente como para hacerse cargo de su propio destino, la naturaleza se encogerá de hombros y dirá que fue divertido dejar que los simios se hicieran cargo del laboratorio por un rato pero que después resultó una mala idea".

Fuente: http://www.truthdig.com/report/page2/the_myth_of_human_progress_20130113/

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Guerra a la subsistencia. Crisis económica y territorialidad, por Jean Robert

Guerra a la subsistencia. Crisis económica y territorialidad, por Jean Robert
12/02/13

El espectro de la "crisis", ya se hizo sombra sobre la tierra que los hombres pisan todos los días. Aterrizó y la angustiante lucha por el hoy tomó el lugar de las preocupaciones por el mañana. Pero ni siquiera ahí arriba causa el estupor y el sálvese quien pueda de los primeros días. Después de la fase aguda que fue la "crisis" en el sentido literal de "encrucijada", vino la fase crónica y la adaptación a lo que sea. "A lo que sea": expresión cargada de malos agüeros. Dejando de ser una amenaza en el cielo de mañanas inciertas, la crisis se arraigó en el suelo, bajo los pies de cada vez más personas. Es, hoy, totalmente, aquí abajo y ahora.

El espectro de la "crisis", ya se hizo sombra sobre la tierra que los hombres pisan todos los días. Aterrizó y la angustiante lucha por el hoy tomó el lugar de las preocupaciones por el mañana. Pero ni siquiera ahí arriba causa el estupor y el sálvese quien pueda de los primeros días. Después de la fase aguda que fue la "crisis" en el sentido literal de "encrucijada", vino la fase crónica y la adaptación a lo que sea. "A lo que sea": expresión cargada de malos agüeros. Dejando de ser una amenaza en el cielo de mañanas inciertas, la crisis se arraigó en el suelo, bajo los pies de cada vez más personas. Es, hoy, totalmente, aquí abajo y ahora.

Cuando se compara la catástrofe destructora de patrimonios por la que atravesamos con un desastre natural, se comete lo que los lingüistas llaman una metáfora coja.

En su fase aguda, la crisis no fue ni un terremoto, ni una tormenta, ni, menos, un tsunami aun si, no sólo los periodistas sino los más famosos matemáticos de las finanzas hablaron de un tsumani financiero. En realidad, el frente de la batalla en la que unos ganaron y muchos perdieron, en que pocos siguen jugando y cada vez más sufren, en que muchos resultan heridos y no pocos mueren no es comparable con una catástrofe natural como un sismo, un huracán o una sequía. Entonces, ¿es una guerra, como lo sugerí cuando hablé de "frente de batalla"? Pido disculpas: fue otra metáfora coja. El escenario donde la crisis nos cayó desde arriba no es exactamente el teatro de las guerras, por lo menos, no en primera instancia, no en su origen.

Ni catástrofe natural ni verdadera guerra, la crisis económica se inició en un tercer frente cuyos movimientos primordiales no se originan en la naturaleza, ni en la violencia brutal, sino en la imaginación colectiva. Cuando el imaginario popular se deja contaminar por los sueños de arriba, se instaura una falsa paz. Es evocando ese tercer frente, ni catástrofe natural ni propiamente hablando guerra, que el pintor Francisco Goya escribió: "el sueño de la razón engendra monstruos". Iván Illich escribió al respecto:

Mucho sufrimiento ha sido siempre obra del hombre mismo. La historia es un largo catálogo de esclavitud y explotación, contado habitualmente en las epopeyas de conquistadores o en las elegías de las víctimas. La guerra estuvo en las entrañas de este cuento, guerra y pillaje, hambre y peste que vinieron inmediatamente después. Pero no fue hasta los tiempos modernos que los efectos secundarios no deseables, materiales, sociales y psicológicos de las llamadas empresas pacíficas empezaron a competir en poder destructivo, con la guerra1.

Según Illich, las devastaciones provocadas por los efectos de "empresas pacíficas" deben distinguirse, por un lado, de los daños provocados por violencias naturales y, por otro, de la esclavitud, el pillaje y la explotación causadas por la codicia de hombres que pueden ser vecinos. El origen de las guerras económicas no es un frente de guerra sino un sueño de la razón.

La naturaleza y el vecino son sólo dos de las tres fronteras con las que debe habérselas el hombre. Siempre se ha reconocido un tercer frente en el que puede amenazar el destino. Para mantener su viabilidad, el hombre debe también sobrevivir a sus sueños, que el mito ha modelado y controlado. Ahora, la sociedad debe desarrollar programas para hacer frente a los deseos irracionales de sus miembros más dotados. Hasta la fecha, el mito ha cumplido la función de poner límites a la materialización de sus sueños de codicia, de envidia y de crimen. El mito ha dado seguridad al hombre común que está a salvo en esta tercera frontera si se mantiene dentro de sus límites. El mito ha garantizado el desastre para esos pocos que tratan de sobrepasar a los dioses.2

En otras obras, Illich argumenta que los mitos tradicionales mantienen la proporcionalidad entre el individuo y su comunidad, entre ésa y la naturaleza. El desastre provocado por los que "tratan de sobrepasar a los dioses" es, hoy, el monstruo engendrado por un sueño de la razón: espejismo de poder sin límite, voluntad desproporcionada de saber, riqueza desarraigada de todo control comunitario, sueño de ubicuidad. Los mitos contenían esas locuras en los dos sentidos de la palabra contener: eran narraciones sobre héroes y hombres locos que jugaban a ser dioses, pero al mismo tiempo impedían que esas locuras contaminaran al conjunto de la sociedad. Al contener la desproporción, los mitos le asignaban un lugar fuera del sentido común que guiaba la conducta de los hombres verdaderos. Lo que vivimos ahora es el efecto de sueños de poder desproporcionados y de omnisciencia desencadenados de sus ataduras tradicionales. Al caer sobre la tierra como desechos, amenazan el sentido común de la gente, que es percepción de la proporción, de la escala, de la justa importancia de las cosas y de los límites de las fuerzas propias.

Cuando los que manejan la máquina económica desde las alturas prometen la recuperación de la Economía, lo que quieren recuperar es la confianza que alguna vez se les tuvo. Por eso prometen devolvernos un mundo "como el mundo de antes". Omiten decir "un mundo más sombrío, triste, controlado y aburrido, más desesperado". Y con más miseria también. Según ellos, este mundo recuperado será un mundo en él que los de abajo tendrán que hacer más sacrificios para "salvar la Economía".

En éste mundo recuperado, lo que fue una vez una pobreza digna y asumida porque era dueña de sus medios de subsistencia, se reprimiría aun más impunemente que antes.

Decir pobres dignos y dueños de sus medios de subsistencia es decir pobres dueños de sus territorios. Es decir también gente de abajo capaz de sobrellevar las crisis y de sobrevivir a la nueva normalidad, porque su subsistencia no depende totalmente de la producción capitalista, ni de sus redes de distribución de las mercancías marginalmente comestibles (que la gente de ciudad tiene que comprar en los supermercados). En muchas partes de México, los pobres empiezan a usar un nuevo concepto para diferenciar la pobreza digna de la miseria. Es el concepto de territorialidad. A lo mejor, muchos no saben que, con ello, están inventando un potente concepto analítico nuevo para hablar de una vieja realidad que tiene que ver con el cultivo, la cultura, las costumbres y también la hospitalidad y, por supuesto, la subsistencia, palabra deshonrada por el mal uso que le dieron los lingüistas y economistas "de arriba".

La reivindicación de la territorialidad va mucho más allá del clásico reclamo por la tierra. Un campesino individual necesita una tierra si quiere seguir cultivando. Una comunidad requiere un territorio con su agua, sus bosques o sus matorrales, con sus horizontes, su percepción de "lo nuestro" y de "lo otro", es decir de sus límites, pero también con las huellas de sus muertos, sus tradiciones y su sentido de lo que es la buena vida, con sus fiestas, su manera de hablar, sus lenguas o giros, hasta sus maneras de caminar. Su cosmovisión. La territorialidad no es un nuevo chovinismo, no es un llamado a encerrarse en un santuario de tradiciones puras e inamovibles, y menos a meterse en un gueto, temerosos, al modo de los de arriba en sus fortalezas campestres y sus residencias con albercas y canchas, o como los del medio, agazapados en sus condominios, fraccionamientos, campos de concentración para ricos venidos a menos o pobres que tratan de lanzarse al asalto de la pirámide social.

Los que diseñan esas residencias campestres amuralladas, esos guetos clasemedieros y campos de concentración para burócratas y obreros merecedores, los que fraccionan el campo antes y los que los pueblan después son todos, lo quieran o no, reinas, alfiles, caballos o peones en el tablero de una despiadada contienda territorial.

La territorialidad rechaza la lógica de esta guerra. Es arraigamiento, apego al suelo y a la tierra nodriza, respeto de las tradiciones y capacidad de transformarlas en forma tradicional. Es capacidad de subsistir a pesar de los embates del mercado capitalista. Es reflexión crítica sobre el hoy y el aquí que viene de abajo. La imposición desde arriba de residencias diseñadas para permanecer ajenas al lugar que ocuparán y construidas después de que los trascavos hayan borrados todas las huellas de vidas pasadas es el contrario exacto de la territorialidad. Hoy en día, este contrario de la territorialidad se llama desarrollo urbano y se enseña en las universidades como diseño arquitectónico.

Las guerras territoriales modernas no dicen su nombre. Se disfrazan atrás de eufemismos: el ya mencionado diseño urbano, el urbanismo, la planificación, con sus cartas urbanas y reglamentos, la extensión, a manera de brazos de estrella de mar que proliferan desde los centros urbanos, de servicios de transporte, de agua, de salud, educación y de diversión. De clubs de golf, de "juegos de números" que son casinos disfrazados, de hoteles donde los cuartos se rentan por hora, de voraces mega-tiendas. El diseño urbano se ha transformado en una especie de roza y quema cuyo instrumento es el trascavo. Lo que luego se edifica en el espacio vacío dejado por las máquinas se parece en el mundo entero: de Michoacán a Chechenia, de Bangalore a Silicone Valley. En cambio, los frutos de la territorialidad se distinguen, en cada sitio particular, por su intima compenetración con el espíritu de un lugar único.

Si bien el bando de la "antiterritorialidad" cambia de color según sus intereses del momento, la guerra que lleva sí tiene nombre. Se llama guerra contra la subsistencia. Desde que empezó, hace más o menos quinientos años, ha tenido varias manifestaciones, pero su resultado siempre ha sido la devastación de los territorios donde subsistían y siguen subsistiendo los pueblos. Guerra de gente de arriba contra gente de abajo, tradicionalmente, de gente a caballo contra gente a pie y, hoy, de automovilistas contre peatones.

¿Qué tiene que ver la territorialidad con la crisis? Primero, el hecho histórico de que, desde por lo menos cinco siglos, la guerra contra la subsistencia ha sido una guerra de devastación de los territorios de subsistencia de la gente "de abajo". Segundo, el inmenso peligro de que las políticas de rescate de la economía se parezcan a las políticas de desarrollo de las infraestructuras de transporte que usurpan superficies de banqueta y otros espacios peatonales para acomodar más coches en las calles. La gran amenaza inherente a las políticas de rescate, recuperación y normalización de la economía es que usurpen ámbitos de subsistencia para construir en su lugar super-mercados en lucrativos fraccionamientos, o en aras del sueño de los economistas profesionales: el mercado perfecto en que todos los actos de subsistencia serían reducidos a transacciones económicas formales, generadoras de divisas y sujetas a impuestos. Si no somos vigilantes, si bajamos la guardia, los sueños de los economistas pueden engendrar monstruosidades sociales aún desconocidas. No faltará quien alabe esos monstruos como prueba de la "creatividad del capitalismo".

Este autor está en desacuerdo con toda alabanza al capitalismo que, según él, no es un sujeto o una entidad que manipularía y transformaría las sociedades desde afuera. El capitalismo no es otra cosa que la forma de la despiadada guerra contra la subsistencia que caracteriza los tiempos modernos. Su expansión siempre ocurre a costa de territorios, saberes y talentos de subsistencia. Por ejemplo, hay cada vez más señales de que se está fomentando una guerra sucia contra modos de supervivencia hasta ahora tolerados en las márgenes: sobrevivir vendiendo flores en las calles, limpiando parabrisas, pepenando, construyendo su propia casa.

En la Guía bibliográfica que concluye su ensayo sobre el trabajo fantasma, Iván Illich escribía:

La era moderna es una guerra sin tregua que desde hace cinco siglos se lleva a cabo para destruir las condiciones del entorno de la subsistencia y remplazarlas por mercancías producidas en el marco del nuevo Estado-nación. En esta guerra contra las culturas populares y sus estructuras, al Estado le ayudó la clerecía de las diversas Iglesias; luego, los profesionales y sus procedimientos institucionales. A lo largo de esta guerra, las culturas populares y los dominios vernáculos —áreas de subsistencia— fueron devastados en todos los niveles. Pero la historia moderna —desde el punto de vista de los vencidos de esta guerra— queda todavía por escribirse3.

Ante el peligro de seguir aceptando pasivamente la destrucción de los territorios de subsistencia, de los lazos sociales, de las culturas y de la naturaleza bajo el impacto de un nuevo arrebato de crecimiento económico, es absolutamente necesario replantear la cuestión del referente real de los discursos económicos.

Si la economía es definida desde arriba como la "teoría de la asignación de medios limitados a fines alternativos" o como "observación de fenómenos de formación de valor bajo la presión de la escasez", la cortina de humo tras la que se disimula esta ciencia llamada "economía" deriva de confundir economía y subsistencia. Léanme bien: la mentira según la cual la subsistencia —la canasta, la obtención de los medios de supervivencia— es el objeto de la ciencia económica, genera la confusión que es el secreto de su poder.Ecoportal.net

Grain
http://www.grain.org

Notas:

1 Ivan Illich, Némesis médica, México: Joaquín Mortiz/Planeta, 1978 [1976], p. 347, reproducido en Obras reunidas, México: Fondo de Cultura Económica, 2007, 2008.

2 Op. cit., p. 348.

3 Obras reunidas , vol. II, México : Fondo de Cultura económica, 2008, p. 166.